
Para conseguirlo debe poseer la mayor cantidad de información disponible, y en ausencia de ésta la tomará “prestada”, aunque no sea exacta. Con ello conseguirá que la realidad que nos rodea tenga sentido y sea coherente.
De esta forma, creeremos que todos nuestros comportamientos están bajo control y que nuestra memoria parezca un reflejo fiel de lo ocurrido, otorgándonos una mayor seguridad.
Los objetos que nos rodean pueden ser reales, pero lo que experimentamos como realidad son ilusiones creadas en nuestro cerebro.
Cuando recordamos un suceso, el cerebro rellena los huecos con contenidos imaginados e irreales, para otorgar una coherencia.
A veces, recogemos información de una forma inconsciente, que al salir a la superficie nos parece maravilloso y sobrenatural.
La actitud, la emoción, la imaginación y lo vivido influyen en nuestro recuerdo. A veces nos muestras cosas que no están y otras nos elimina cosas que sí están.
Se dice que cuando Cristóbal Colón desembarcó en el Nuevo Mundo, cogió desprevenido a los indígenas porque no habían visto acercarse a las embarcaciones, al no poseer ninguna lógica el que estuviesen allí, porque nunca habían visto nada parecido.

Por eso, al procesarla tenemos la sensación de que la estamos viviendo y recordando a la vez. Es decir, el presente se hace pasado en nuestro cerebro.
La sensación de unidad mental o conciencia de uno mismo también es fruto de nuestro cerebro, constituyendo una ilusión mental más. De hecho, hay estados en los que desaparece, como al estar anestesiados o cuando dormimos sin soñar.
Para divertirte viendo cómo nos engaña nuestro cerebro, te invitamos a que nos digas hacia qué lado gira la bailarina haciendo clic aquí.
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